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Capítulo 1

Una incertidumbre jamás vivida

La incertidumbre:

Falta de seguridad, de confianza o de certeza sobre algo, especialmente cuando crea inquietud

Mariana Mazzucato (marzo 2020) La mala noticia es que la crisis de la COVID-19 está exacerbando todos estos problemas.

La buena noticia es que podemos usar el estado de emergencia actual para comenzar a crear una economía más inclusiva y sostenible.

El mundo en 2020 entró en una crisis económica, política y social de dimensiones insospechadas, sin precedentes. Ante la incertidumbre, algunos esperaban regresar pronto a la normalidad, a la situación previa a la pandemia de Covid-19. Sin embargo, en Latinoamérica, una gran proporción de la población anhelaba un cambio en la precaria situación que ya padecía antes de la crisis. Deseaban la implementación de un plan de resiliencia disruptivo que pusiera fin a las grandes desigualdades. Surgió una pugna entre aquellos que durante la pandemia querían evitar una gran cantidad de muertes y quienes querían evitar la parálisis de la actividad económica. Como resultado de este desacuerdo, se produjeron consecuencias muy negativas para la humanidad. El sufrimiento causado por la muerte, el hambre y el desempleo derivados de la infección fueron combustibles para reavivar la llama de la protesta social, que había empezado antes de que apareciera el virus. Se produjo un estallido social.

En Colombia, las dimensiones de la protesta y la violenta represión oficial fortalecieron la percepción de que la esperanza de paz se estaba evaporando. El Acuerdo Final firmado en 2016 por parte de Juan Manuel Santos, para poner fin al conflicto interno, estaba siendo víctima de la perfidia por parte del gobierno posterior, de Iván Duque (2018 – 2022), tal como ha sucedido en varios momentos de la historia colombiana, en los que la rebeldía se había apaciguado con la firma de documentos que el establecimiento desconoció posteriormente.

Los partidos de derecha sobreestimaron el confuso resultado del plebiscito por la paz, un fruto pútrido de las falsas noticias y la manipulación del ingenuo votante. El enfrentamiento entre el establecimiento y las clases populares fue evidente y torpemente tratado por los gobernantes que, deliberadamente, desconocieron el carácter internacional de la revuelta social. Fueron incrédulos frente a las advertencias de los científicos sociales sobre la inminencia de una crisis de grandes proporciones.

En medio de la incertidumbre reinante, se tomaron varias decisiones en las urnas, se eligió un nuevo parlamento, y un presidente de izquierda, en consonancia con la oleada latinoamericana de inconformismo. Un nuevo gobierno, el de Gustavo Petro, inició en 2022 con la promesa de introducir importantes cambios, frenar la dictadura de los mercados y retomar la senda de la paz. Sin embargo, las limitaciones económicas derivadas de la crisis, y de la guerra en Ucrania, han ensombrecido las expectativas de una salida exitosa de la encrucijada en el corto plazo.

Una crisis es un escenario en el que se presentan cambios adversos, profundos e inesperados que alteran la realidad y tienden a evolucionar negativamente. De tal situación es posible emerger si se recurre a la resiliencia latente en la voluntad de la mayoría de los individuos y las sociedades. Por lo general, ante una dificultad sobreviniente, la primera sensación percibida suele ser un desconcierto paralizante, que conduce a dejar la solución al paso del tiempo con la esperanza de contar con buena fortuna. Sin embargo, transcurrido el primer momento, lo apropiado es reconocer que las cosas dejaron de ser como eran antes y, por consiguiente, no se puede seguir haciendo lo mismo de siempre.

La palabra resiliencia se usa para describir la capacidad de sobreponerse a los momentos críticos. Para algunos, es entendida como la energía para conseguir un mejor futuro. Para otros, es la dinámica para lograr regresar a la cotidianidad anterior. En el caso de un país, se consideraría verdaderamente resiliente cuando es asertivo en adoptar nuevas orientaciones capaces de resarcir a las personas por los daños sufridos y de asegurar la no repetición de las mismas circunstancias causantes de la crisis en curso.

Colombia ha vivido de crisis en crisis, unas profundas y otras menos graves, pero en ningún caso ha sido asertivamente resiliente, tal vez solo paciente. Así, los colombianos hemos convivido con una situación de desigualdad y pobreza arrastrada a lo largo de toda la historia, bajo la disculpa proverbial de la insuficiencia de recursos públicos para destinarlos a satisfacer las necesidades básicas, ya sea porque los recaudos fiscales son insuficientes, o porque la corrupción de funcionarios públicos y privados se ha enquistado en la cultura nacional. Con un marcado sesgo ideológico, se ha impuesto la política de austeridad para refrenar al gobierno mediante “recortes del presupuesto, la privatización de activos públicos o la externalización”, tal como lo critica Mariana Mazzucato.

Como reacción a estas circunstancias se ha creado una conciencia popular bien distinta a la del pasado. Atribuible, en parte, al crecimiento de la población, a su mayor grado de información y a su aglomeración en las ciudades. La juventud es ahora menos dócil y más proclive a desconocer unas instituciones desacreditadas por su ineficacia.

Estudiantes y trabajadores manifestaron claramente su inconformidad a partir del 21 de noviembre de 2019. Y ya para el 28 de abril de 2021 todo se había convertido en un estallido social, una erupción volcánica de insatisfacción generalizada. En medio de estas difíciles circunstancias sobrevino la pandemia, así como una ola de aumentos de precios, que se agudizó por la invasión de Rusia a Ucrania. Estos factores crearon una verdadera tormenta social que dejó perplejos a los dirigentes y llenos de incertidumbre a todos los colombianos.

Las cosas deben cambiar, no podemos seguir igual, dicen los más afectados. Los menos afligidos, dicen que las cosas deben regresar a cómo eran antes. Para salir de la etapa de desconcierto, es necesario dar el primer paso: reconocer la magnitud y los perfiles de lo acontecido, cosa a la cual se contribuye con lo dicho en este capítulo.

Siendo esta la peor crisis sufrida por cualquier persona viva debiera esperarse que se convierta en la oportunidad para acometer políticas disruptivas. Ahora se dispone de herramientas6 que permiten atender con costos muy bajos, alta calidad y total cobertura, los servicios públicos esenciales, tales como la educación, la vivienda y la seguridad social.

¿CÓMO SERÁ EL MUNDO DESPUÉS DE LA PANDEMIA?

Thomas Piketty se pregunta: ¿La crisis epidémica del Covid 19 va a precipitar el fin de la globalización mercantil y liberal y la aparición de un nuevo modelo de desarrollo, más justo y sostenible? 7 Este modelo podría ser uno más equitativo donde se derrumben ciertos tabúes en materia monetaria y tributaria. Debe invertirse más en salud, innovación, medio ambiente, y en crear millones de puestos de trabajo. Los bancos centrales deben financiar el crecimiento de los servicios sociales con la misma generosidad con la que financiaron la crisis creada por los bancos comerciales en el 2008.

La tercera década del siglo XXI ingresará a la historia como la de mayor incertidumbre de los últimos cien años. Un hecho tan imprevisible y totalmente desconocido, una epidemia mortal, vino a sumarse a los padecimientos existentes desde tiempos inmemoriales que parecían ya ser parte del paisaje, por lo tanto, no causaban sorpresa y ya se empezaban a considerar fatalidades del destino. No podría decirse que todo comenzó el 14 de mayo del 2020, cuando el director de Emergencias Sanitarias de la OMS dijo: “el Sars-CoV-2 tiene el potencial de convertirse en un virus endémico y no irse”.8 Los gobiernos tomaron decisiones con cierta parsimonia por temor a crear pánico económico. Pronto, una gran oleada de contagios dejaría al sistema sanitario incapaz de atender a un gran número de enfermos con graves afectaciones respiratorias. Entonces, se hizo imperativa la medida preventiva de un aislamiento drástico para tratar de frenar la expansión de la enfermedad. Así, el costo económico de paralizar todas las actividades urbanas adquirió dimensiones muy importantes. Los diferentes Estados tuvieron que enfrentarse al dilema del asaltante callejero, ¿la bolsa o la vida? No se podían desatender las recomendaciones de los especialistas en infectología en cuanto a practicar el mayor aislamiento posible entre las personas, como única medida para la protección de la vida, pero los agentes económicos, en defensa de su bolsa de dinero, exigían flexibilidad en tales restricciones.

Los defensores del crecimiento del PIB pensaron: Habrá muertos, eso resultará inevitable. Pero hemos estado tan familiarizados con las oleadas de trágicos fallecimientos como consecuencia de la violencia interna9 que eso no sería desastroso. Los defensores de la vida pensaron distinto: las pérdidas económicas se podrían recuperar con el tiempo, los muertos no se podrían resucitar. Además, quienes morían, antes de hacerlo, contaminarían tanto a sus familiares como a todos aquellos con los que hubieran tenido interacción.

“Quedarse en casa” fue la instrucción generalizada, pero como aproximadamente la mitad de la clase trabajadora tiene empleos informales, no salir a la calle para conseguir algún ingreso era casi equivalente a quedarse sin comer. Al poco tiempo, empezaron a aparecer trapos rojos colgados en las fachadas de muchas edificaciones para indicar que los moradores de esa vivienda tenían hambre y requerían ayuda con urgencia. El resto de los trabajadores, los formales, con pocos ahorros disponibles, tampoco se podían quedar en casa indefinidamente porque los patronos no les pagarían el salario como si estuvieran trabajando. Además, esa instrucción de no salir de casa, dado el hacinamiento10 en que viven los más pobres, pudo haber sido un factor de contagio debido a la imposibilidad de guardar, dentro de una vivienda precaria, el distanciamiento personal necesario entre los miembros del hogar.

En varios países se optó por complementar el confinamiento con transferencias de dinero a todos los hogares en cuantías suficientes para alimentar a la familia sin necesidad de salir a trabajar. Desde ese momento en nuestro territorio, en toda la región latinoamericana, en Estados Unidos y en Europa, quedó abierto el debate sobre la necesidad y conveniencia de crear la renta básica universal. Se ha propuesto esta transferencia económica, tanto temporalmente, para afrontar los periodos de crisis; como permanente, para erradicar el hambre y la pobreza. Este tema se desarrolla en el capítulo 2.

En los países de ingresos medios y bajos la realidad fiscal11 es desfavorable, no permite el establecimiento de transferencias económicas importantes, permanentes y universales. Esto es evidente en el caso de Colombia, donde la proporción de recaudación fiscal como parte de su producto interno bruto es muy inferior al promedio12 observado en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico – OCDE. El drama del hambre empezó a unirse al de las defunciones. Durante muchos meses la primera noticia del día se refería al conteo de las muertes. Los anuncios oficiales advertían sobre el peligro de la velocidad del contagio, era como si sonaran las sirenas advirtiendo un próximo bombardeo enemigo. Varias reflexiones surgieron de esa angustia diaria. Una de ellas fue la de entender que nadie estará bien si alguien está mal, somos un colectivo y no una suma de individualidades.

Las autoridades estatales tuvieron otra preocupación adicional: el sistema de salud existente no era sólido13, ni tenía la capacidad de atender el inesperado volumen de pacientes críticos, muchos de ellos con comorbilidades asociadas o tratadas en el pasado. Por ello, fue necesario dotar a las instituciones hospitalarias con más y mejores unidades de cuidados intensivos, así como ampliar las demás dependencias para los pacientes no críticos. Es de esperar que la triste experiencia14 vivida durante la pandemia sea la motivación para emprender una revisión del sistema de salud.

Fue destacable la celeridad con la que el mundo científico logró encontrar varias vacunas efectivas contra el Covid-19. Según el estudio de la Universidad de Oxford, la disminución en el tiempo de desarrollo de vacunas se puede atribuir a los avances tecnológicos del último siglo y a la experiencia acumulada en epidemias anteriores como el SARS y el MERS. Además, varios gobiernos de distintos países aportaron importantes recursos para obtener resultados exitosos. Según la OMS, el primer programa de vacunación masiva mundial comenzó a principios de diciembre de 202016. La meta de todo plan de vacunación es lograr la inmunidad de rebaño para poder sortear la situación crítica. Esta estrategia busca fortalecer el sistema inmunológico de la mayoría de las personas de una población en el menor tiempo posible.

La oficina mundial de la salud calificó la epidemia del COVID 19 como la sexta calamidad sanitaria en la historia con severas consecuencias en la salud, la economía, la política y la sociedad17. Por eso es posible afirmar que el mundo ya no será igual después de la pandemia. ¿Cómo será? Las respuestas hasta ahora propuestas están todas cargadas de hipótesis débiles, e incluso de pensamientos hechos con el deseo.

El grito callejero:

“no sabemos lo que queremos, pero sí lo que no queremos”

Si se traslada la estrategia de la inmunidad de rebaño al terreno de la economía, bien se podría pensar que es posible erradicar la más cruel enfermedad de nuestra sociedad: la pobreza. Así, a la manera de una vacuna, una vez lograda una mejor distribución del ingreso entre todo el rebaño, al dotar a todos los hogares con suficientes recursos monetarios para vivir dignamente, el total de la población quedaría protegido frente a la descomposición social. La vida con dignidad y bienestar incrementa el capital humano. Con ocasión de la crisis, las empresas han podido percibir la importancia del recurso humano para el buen funcionamiento de sus negocios. Ya habían perdido esta noción debido a la alta tasa de desempleo reinante18 durante muchas décadas. Esto les permitía reemplazar a un trabajador muy rápidamente y hacerlo por otro de menor salario. Sin embargo, debido al confinamiento y la agudización de la pobreza, los compradores también desaparecieron y ellos no se podían reemplazar apresuradamente.

Es importante mencionar que la pobreza y la desigualdad habían alcanzado niveles insostenibles desde antes del advenimiento de la pandemia. Por eso, millones de jóvenes en varios países19 de la región latinoamericana hicieron presencia en las calles para reclamar un cambio. ¿Cuál? No lo expresaban en sus gritos o pancartas de protesta. Ellos no creían tener la obligación de identificar el contenido de la transformación requerida y afirmaban: Nosotros no sabemos lo que queremos, pero sí sabemos lo que no queremos. Estas manifestaciones callejeras fueron calificadas como un verdadero estallido social.

Las protestas iniciadas mediante desfiles y concentraciones en diferentes ciudades pretendían ser meras manifestaciones de insatisfacción, pero algunas en Colombia, Chile y otros países, se tornaron en acciones violentas y desesperadas, con serias secuelas de destrucción, heridos y muertes. Estas expresiones aterrorizaron al común de los ciudadanos, quienes pensaron que podían convertirse ellos mismos en blanco de la ira popular desbordada. Tal es la característica de un estallido: un escape de la acumulación de las frustraciones y reclamos ignorados por los dirigentes del país.

LA ESQUIVA PAZ EN COLOMBIA

En otro mes de abril, hace más de setenta años, ocurrió en Colombia otro estallido social, sin duda más violento, pero igualmente forjado por la insatisfacción generalizada. Esto sucedió cuando el caudillo Jorge Eliecer Gaitán avivó el reclamo de los menesterosos, lo que se convirtió en una revuelta incontrolada a partir del mismo momento en el que el asesino del líder liberal disparó tres veces. El alzamiento de los gaitanistas fue muy ciego. Los jóvenes de esa época eran en su mayoría obreros y campesinos, muy diferentes a los protagonistas de las protestas recientes organizadas por universitarios y sindicalistas enlazados electrónicamente por Internet.